The blockchain Trilemma
Recuerdo bien la primera Super Bowl que vi por televisión. Fue en 2014, durante mi etapa universitaria. En clase coincidí con un fanático de los deportes americanos que, a lo largo de todo el curso, fue cultivando mi interés por aquel espectáculo del que hasta entonces, solo tenía referencias gracias a la magnífica interpretación de Al Pacino y Jamie Foxx en Any Given Sunday.
Aquella noche estaba en Madrid y había planificado el día al milímetro para conseguir mantenerme despierto hasta las cuatro de la madrugada. Se enfrentaban los Broncos y los Seahawks. Denver llegaba con Peyton Manning, probablemente el mejor quarterback de aquel momento. Seattle, por su parte, contaba con la mejor defensa del campeonato.
Durante la semana previa acordamos mantenernos conectados durante el partido para intercambiar impresiones en directo. Unas horas antes del inicio me preguntó quién creía que ganaría. Respondí sin dudarlo: Seattle.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —me dijo.
Le expliqué que, si Seattle tenía la mejor defensa, acabaría neutralizando a Manning, por muy bueno que fuera. Al fin y al cabo, destruir siempre es más fácil que construir.
No me equivoqué.
Efecto Peltzman
Como cualquier disciplina, el fútbol americano ha evolucionado de forma significativa desde sus inicios a comienzos del siglo XX. Sin embargo, pocas transformaciones han sido tan visibles —incluso para quienes no siguen el deporte— como la evolución del equipamiento de los jugadores.
En sus inicios—a principios del siglo XX—el equipamiento era poco más que simbólico. Cascos de cuero blando, hombreras cosidas a la ropa y protección mínima. No estaban pensados para absorber impactos, sino para evitar cortes, orejas rotas o golpes accidentales. El cuerpo humano seguía siendo el principal limitador del juego.
Esa relación cambia partir de los años 40 y, sobre todo, en los 50. Aparecen entonces los cascos rígidos de plástico, las hombreras externas y una protección claramente visible con el objetivo de incrementar la protección de los jugadores aumentando la capacidad de soportar mejor los golpes.
En las décadas siguientes, la protección se sofistica aún más. Cascos con máscaras faciales completas, acolchados internos avanzados, materiales diseñados para absorber energía. En la actualidad, el jugador moderno entra al campo rodeado de tecnología.
El equipamiento deportivo que existe actualmente en el mercado es mejor que cualquier equipamiento deportivo que haya existido en el pasado. El diseño de los cascos utilizados en la actualidad, ha servido para minimizar las consecuencias de chocar a toda velocidad y en dirección opuesta contra otro cuerpo, evitar la fracturas de cráneo y reducir el número histórico de muertes en el campo derivados de los impactos entre los propios jugadores.
Sin embargo y pesar de todos estos avances, los datos confirman que hay algo que no parece reducirse de forma proporcional: las conmociones cerebrales.
Las muertes en el campo prácticamente han desaparecido en el fútbol profesional. Las lesiones catastróficas inmediatas son hoy excepcionales. En ese sentido, el futbol americano es objetivamente más seguro que en sus orígenes. Pero el daño neurológico, acumulativo y silencioso, sigue ahí. No cae al mismo ritmo que mejora la tecnología. A veces, ni siquiera cae. La explicación no está en que los cascos fallen. Está en que, la propia protección, modifica el comportamiento de los jugadores.
Cada mejora en el equipamiento reduce el coste inmediato del impacto. Chocar duele menos. El miedo desaparece antes. El cuerpo deja de ser el freno natural que imponía límites al juego. Y cuando ese freno desaparece, el sistema se ajusta: los jugadores corren más rápido, bajan más la cabeza y colisionan con mayor agresividad. La mejora en el diseño del equipamiento no está pensado para evitar el choque sino que, por el contrario, “anima” a intensificarlo. A este efecto se le conoce como Efecto Peltzman.
El Efecto Peltzman define aquella situación por la cual, con la introducción de medidas orientadas a reducir el riesgo percibido de una actividad, los individuos tienden a ajustar su comportamiento asumiendo más riesgo, compensando parcial o totalmente la ganancia de seguridad esperada. Esto ocurre, no porque se vuelvan imprudentes, sino porque el coste de equivocarse ha cambiado.
En el fútbol americano, la mejora del equipamiento no hizo a los jugadores más cautos, sino más agresivos; el casco no eliminó el impacto, lo hizo psicológicamente asumible. La seguridad fue consumida en forma de velocidad, fuerza y violencia. El resultado no fue un sistema más seguro, sino un sistema que operaba más cerca de sus límites. El riesgo no desapareció: se redistribuyó, pasando de ser inmediato y visible a acumulativo y silencioso.
La NOCSAE (National Operating Committee on Standards for Athletic Equipment) es el organismo que establece los estándares mínimos de seguridad para el equipamiento deportivo en Estados Unidos. En el caso del fútbol americano, su función principal es certificar que los cascos cumplan determinados criterios de protección frente a impactos antes de poder usarse en competición. Uno de sus principales cometidos en los últimos años ha sido el de encontrar soluciones que permitan reducir las conmociones cerebrales y los daños neurológicos acumulados a lo largo de la carrera de los profesionales de la NFL.
Nuestros cerebros están diseñados para flotar dentro del cráneo y sobrevivir a los golpes diarios de la vida. Pero jugar al fútbol es diferente. Es un tipo duro corriendo a toda velocidad contra otro tipo que viaja igual de rápido en la dirección opuesta.
Una solución planteada por la propia NOCSAE sería diseñar cascos más acolchados, capaces de amortiguar mejor estos impactos minimizando la acumulación de daños neurológicos acumulados. El problema es que ese mismo acolchado, eficaz frente a conmociones, reduce la protección ante fracturas craneales —un tipo de lesión más propio del pasado— y reabre el riesgo de volver a presenciar muertes en el propio terreno de juego.
Otra propuesta, planteada de forma recurrente, es eliminar por completo el uso del casco con el objetivo de invertir el efecto Peltzman. Al retirar el casco como punto de contacto inicial en el tackle, se alteraría el comportamiento del jugador. Cuando los cascos no ofrecían la protección actual, no existía mascarilla facial y la integridad del rostro era una preocupación real, los impactos se ejecutaban con mucha más cautela. La violencia se contenía, tanto en sus efectos inmediatos como en los acumulativos. Sin embargo, una medida de este tipo iría directamente en detrimento del espectáculo. Al fin y al cabo, el tackle es uno de los momentos más celebrados del juego, y renunciar a él supondría cambiar la naturaleza misma del deporte.
Como vemos, la National Football League se enfrenta a un equilibrio de difícil resolución: mantener la intensidad y el atractivo del espectáculo sin aumentar el riesgo de lesiones—e incluso muertes—in situ y al mismo tiempo reducir los daños neurológicos acumulativos que solo se manifiestan con el paso de los años. La liga además observa como, maximizar cualquiera de estas tres variables —espectáculo, seguridad inmediata o salud a largo plazo— perjudica inevitablemente a alguna de las otras dos.
La NFL es el deporte que más negocio genera en Estados Unidos con una ingresos anuales de alrededor de 20 mil millones de dólares, el doble de lo generado por la NBA o la liga profesional de béisbol. No podemos negar que, logra estos números ofreciendo un cuidado producto al espectador, quien desde su sofá, visualiza como hombres por encima de los 120kg de pesos chocan entre si a toda velocidad con un riesgo mínimo de daños graves inmediatos. Sin embargo, la configuración actual de dicho deporte obliga a esos mismos jugadores a aceptar el riesgo de una etapa adulta de sus vidas muy mermadas a nivel neurológico y cognitivo por la acumulación de daños que, con el transcurso de los años, se vuelven irreversible.
Blockchain: Principios fundamentales
Si nos alejamos de los tecnicismos, podemos decir que una blockchain no es más que una base de datos compartida en la que sus participantes pueden verificar de forma independiente que la computación se ha ejecutado de manera íntegra y conforme a las reglas del sistema.
Cuando hablamos de blockchain, no nos referimos a una tecnología única y homogénea. Existen muchos tipos de blockchains, y las diferencias entre ellas pueden explicarse a partir de cómo combinan, en mayor o menor medida, tres características fundamentales:
Descentralización
Hace referencia a cuántos actores independientes participan en la validación de la red y cómo de fácil es la entrada para convertirse en uno de ellos. En la práctica, estos actores son principalmente los validadores, es decir, quienes confirman transacciones y aseguran que las reglas del sistema se cumplen conforme están previstas. Cuanto más abierta y distribuida esté esta función, menos depende la blockchain de una entidad concreta y más resistente es a la censura, al control y a fallos coordinados.Seguridad
Tiene que ver con lo difícil que resulta manipular el sistema, revertir transacciones o alterar el historial de la red. En los sistemas tradicionales, la seguridad se apoya en una autoridad central —un banco o una institución— en la que se deposita confianza. En blockchain, en cambio, la seguridad no depende de una entidad concreta, sino de reglas matemáticas, técnicas criptográficas e incentivos económicos que hacen que los costes de ataque sean tan elevados que resulten irracionales desde el punto de vista económico.Escalabilidad
Representa la capacidad del sistema para procesar un gran volumen de transacciones de forma rápida y barata a medida que crece el número de usuarios. En los raíles tradicionales de pago, esta escalabilidad se logra concentrando el procesamiento en infraestructuras centrales altamente optimizadas: pocos actores validan, compensan y liquidan, lo que permite ofrecer una experiencia fluida y eficiente a gran escala. En blockchain, el reto es distinto, ya que cada transacción debe ser validada y verificada por una red de participantes independientes, lo que incrementa la robustez del sistema, pero dificulta su crecimiento en velocidad y coste.
El Trilema
El llamado blockchain trilemma describe una tensión inherente al diseño de cualquier sistema distribuido. Del mismo modo que el fútbol americano tuvo que elegir entre el espectáculo, la protección inmediata y las secuelas futuras de los jugadores, una blockchain debe decidir cómo equilibrar descentralización, seguridad y escalabilidad. En ambos casos, optimizar dos dimensiones empuja inevitablemente a la tercera hacia el límite. No es un fallo de diseño, sino una consecuencia estructural de relajar restricciones en entornos donde los participantes ajustan su comportamiento.
Cuando una blockchain prioriza descentralización y seguridad, acepta explícitamente sacrificar escalabilidad. Permitir que muchos actores independientes validen el sistema y que su historial sea extremadamente costoso de alterar introduce fricción, lentitud y coste. Pero esa fricción cumple la misma función que los límites físicos del cuerpo humano antes de la modernización del equipamiento deportivo: contiene el comportamiento. El sistema no está pensado para maximizar el volumen, sino para mantener la neutralidad y evitar la captura. La lentitud, como el dolor en el impacto, actúa como mecanismo disciplinador.
Cuando, en cambio, se priorizan seguridad y escalabilidad, el sacrificio recae sobre la descentralización. Para procesar más transacciones de forma rápida y barata, el número de actores que participan directamente en la validación se reduce o se profesionaliza. El sistema sigue siendo seguro en términos técnicos, pero depende de menos manos. Es una dinámica similar a la introducción de equipamiento más sofisticado en el fútbol: el riesgo inmediato parece controlado, pero el poder se concentra y el sistema se vuelve más dependiente de ciertos supuestos. La confianza se estrecha.
El intento de maximizar descentralización y escalabilidad, por último, suele tensionar la seguridad. Coordinar a muchos actores al mismo tiempo que se acelera el procesamiento reduce márgenes de error y amplía la superficie de ataque. El sistema gana en apertura y capacidad, pero pierde holgura. Funciona bien mientras no se le exige demasiado.
Por ello, el blockchain trilemma no conduce a una única respuesta correcta, sino a múltiples configuraciones posibles. Cada blockchain se define, explícita o implícitamente, por la combinación que elige priorizar entre esta tres dimensiones. No se trata de maximizarlo todo, sino de decidir qué se protege, qué se optimiza y qué se acepta como límite. Algunas arquitecturas potencian la robustez y la neutralidad, otras la eficiencia y la experiencia de uso, y otras buscan equilibrios intermedios. El resultado no es un ecosistema homogéneo, sino un paisaje diverso de sistemas diseñados para propósitos distintos. Comprender el trilema no es, por tanto, encontrar la “mejor” blockchain, sino entender qué compromisos incorpora cada una y qué tipo de comportamiento incentiva.
Bitcoin
Bitcoin es la primera implementación práctica, descentralizada y funcional de una blockchain que resolvió el problema de coordinar valor sin una autoridad central a través de una combinación que prioriza descentralización y seguridad, aceptando límites claros en escalabilidad.
Su diseño minimiza los supuestos de confianza y maximiza la verificabilidad: cualquiera puede auditar el sistema y atacar la red resulta extremadamente costoso. A cambio, el número de transacciones que puede procesar—entre 5-7 TPS— es reducido y el sistema no está pensado para absorber grandes volúmenes de actividad compleja. Bitcoin no intenta ser eficiente; intenta ser neutral, resistente y difícil de atacar. La fricción forma parte deliberada de su seguridad.
Son conocidas las Block Size Wars, un intenso debate en la comunidad de Bitcoin acometido hace años, en torno al límite de tamaño de los bloques de la blockchain, fijado originalmente en 1 MB. Este conflicto dividió a los participantes en dos corrientes principales. Por un lado, los llamados big blockers, que defendían aumentar el tamaño de los bloques para permitir más transacciones on-chain, con mayores velocidades y menores costes. Por otro, los small blockers, que argumentaban que incrementar directamente el tamaño de los bloques elevaría los requisitos técnicos para operar un nodo completo, erosionando la descentralización y concentrando la validación en menos actores.
La posición de los small blockers terminó imponiéndose. El límite nominal de 1 MB en la capa base no se incrementó, y la red optó por preservar la descentralización y la capacidad de verificación individual. La escalabilidad se abordó mediante enfoques complementarios: por un lado, Segregated Witness (SegWit) optimizó la estructura de los bloques y aumentó su capacidad efectiva sin modificar directamente el límite; por otro, Lightning Network introdujo un modelo de escalado off-chain, desplazando el grueso de las transacciones fuera de la cadena principal.
Solana
Diseñada para maximizar rendimiento y throughput (capacidad de procesamiento) prioriza seguridad y escalabilidad, sacrificando parte de la descentralización—concentra la mitad de sus validadores en un par de data centers situados entre si a escasos km.
Su arquitectura permite manejar un gran volumen de transacciones (miles de TPS) con costes bajos y tiempos mínimos, lo que la hace especialmente atractiva para el procesamiento de pagos y otras aplicaciones intensivas en uso. Para lograrlo, eleva significativamente los requisitos técnicos de los validadores y reduce el número de actores capaces de participar de forma efectiva. El sistema sigue siendo seguro en términos criptográficos (Proof of History (PoH) + PoS), pero se vuelve una red altamente centralizada: pocos validadores (alrededor de 1,500) controlan gran parte del stake, y altos costos de hardware como factores que limitan la participación individual.
En la actualidad, Solana se posiciona como uno de los principales railes para stablecoins, con una capitalización de mercado de estas en la red alcanzando ~$15 mil millones, un crecimiento del 200% anual.
Cosmos
A diferencia de Bitcoin y Solana, Cosmos no debe entenderse como una única blockchain monolítica, sino como una arquitectura diseñada para crear y coordinar múltiples blockchains soberanas. Su propuesta parte de una premisa distinta: en lugar de concentrar todas las decisiones de diseño en una sola red, Cosmos opta por descomponer el sistema en múltiples cadenas independientes, cada una con capacidad para definir sus propias reglas, validadores y prioridades.
Desde esta perspectiva, ejemplifica la combinación de escalabilidad y descentralización. La escalabilidad no se logra aumentando el rendimiento de una blockchain central, sino añadiendo nuevas blockchains en paralelo, cada una procesando sus propias transacciones sin competir por un espacio común. El sistema escala horizontalmente: más cadenas implican más capacidad total. No existe un cuello de botella compartido que limite el crecimiento del conjunto.
La descentralización se manifiesta en la soberanía de cada blockchain. Cada red define su propio conjunto de validadores, sus reglas de consenso y su modelo económico, sin depender de una autoridad central o de una cadena base dominante. La entrada al ecosistema no requiere permiso: cualquiera puede desplegar una blockchain y elegir conscientemente su propio equilibrio entre seguridad, coste y rendimiento.
El sacrificio aparece en la seguridad, que deja de ser global y pasa a ser contextual. A diferencia de modelos con seguridad compartida, en Cosmos cada blockchain es tan segura como lo sea su propio conjunto de validadores y su diseño económico. No hereda automáticamente la seguridad del resto del ecosistema. Este no es un fallo del sistema, sino una consecuencia directa de priorizar soberanía y escalabilidad: el riesgo no desaparece, se fragmenta.
Esa misma fragmentación tiene otra consecuencia relevante: los efectos de red se diluyen. Al no existir una cadena central ni un estado global compartido, la liquidez, los usuarios y las aplicaciones se distribuyen entre múltiples blockchains soberanas. Cada nueva cadena añade capacidad y autonomía, pero no refuerza automáticamente al resto. Los efectos de red dejan de ser acumulativos para volverse locales y específicos. Cosmos intercambia deliberadamente escalabilidad y soberanía, a costa de una menor concentración de valor.
En la actualidad, Cosmos potencia blockchains como Cosmos Hub, Osmosis, Celestia e Injective, con exploradores como OKLink. En cosmos.network y docs.cosmos.network se muestran los proyectos vivos y un roadmap para 2026 enfocado en rendimiento (10k+ TPS) y modularidad.
Ethereum: una salida
Hace unos días, el fundador de Ethereum, Vitalik Buterin, lanzó una afirmación poco habitual en un ecosistema acostumbrado a promesas incumplidas: “Ethereum está saliendo del blockchain trilema”. Buterin, presenta este hecho, no como una aspiración teórica ni como una hoja de ruta a futuro, sino una solución de código ya desplegada y funcionando. Lo que la afirmación de Vitalik verdaderamente esconde, no es que Ethereum haya hecho la red más rápida, sino que ha decidido abordar la naturaleza del problema de un modo diferente, dejando atrás un modelo donde todo se replica para avanzar hacia otro donde el trabajo se distribuye y sin renunciar al consenso ni a la descentralización.
Desde sus inicios, Ethereum ha mantenido una vocación clara de accesibilidad y neutralidad. La transición a Proof of Stake no buscó aumentar el throughput de forma directa, sino reducir barreras de participación, mejorar la eficiencia económica del consenso y reforzar la sostenibilidad de la red, manteniendo una amplia distribución de validadores. Su L1 sigue siendo deliberadamente conservadora: lenta en términos relativos, costosa bajo alta demanda y diseñada para que cualquiera pueda verificar el estado del sistema.
La escalabilidad, en cambio, se ha externalizado. Layer 2 y smart contracts permiten ejecutar grandes volúmenes de transacciones fuera de la cadena principal, reduciendo costes y mejorando la experiencia de usuario sin exigir que toda la red procese cada operación. Ethereum deja de ser el lugar donde ocurre toda la actividad, para convertirse en el árbitro final que garantiza que lo ocurrido fuera cumple las reglas. Sin embargo, el desafío que emerge con este enfoque es evidente: cómo validar resultados que la red no ha ejecutado directamente sin reintroducir intermediarios ni nuevos supuestos de confianza.
Es en este punto donde entra en juego la reciente aplicación de técnicas criptográficas— zkEVM—integradas en la propia arquitectura de la red. Su aportación no consiste en ejecutar más rápido, sino en cambiar el mecanismo de validación: en lugar de pedir a la red que replique y ejecute cada transacción, se le pide verificar pruebas matemáticas compactas que demuestran que ese cómputo se ha realizado correctamente. La seguridad no se debilita porque descansa en criptografía verificable, la descentralización se preserva porque cualquiera puede comprobar esas pruebas, y la escalabilidad mejora porque el volumen de datos y computación que la red debe manejar directamente se reduce de forma drástica.
Una de las analogías que más me ha ayudado a entender la lógica que hay detrás de los zkEVM es la siguiente. Imagina que llegas a la puerta de una discoteca entrada la noche y esperas tu turno. Cuando te toca pasar y frente al responsable del control de acceso, eres capaz de demostrar de forma fiable que eres mayor de edad sin mostrar ningún documento de identidad ni revelar tu fecha exacta de nacimiento. El responsable de seguridad no necesita conocer más información ni reconstruir todo el proceso para tomar su decisión. Los zkEVM permiten validar la ejecución de bloques mediante pruebas criptográficas, sin necesidad de re-ejecutarlos.
Lo que Ethereum propone, en realidad, no es eliminar el trilema, sino descomponerlo. Cada capa asume una función distinta y, con ella, un compromiso distinto. La base (L1) prioriza neutralidad, seguridad y verificabilidad; las capas superiores (L2) priorizan eficiencia, throughput y experiencia de uso. El sistema en su conjunto logra algo que una sola capa no podía: escala sin exigir que todos los participantes asuman el mismo coste ni el mismo riesgo.
En ese sentido, cuando Vitalik anuncia la “resolución” del trilema, la afirmación solo tiene sentido si se entiende, no como la desaparición de los trade-offs, sino como su redistribución consciente en una arquitectura por capas. La tensión sigue existiendo, pero deja de estar concentrada en un único punto.
Ahora que los zkEVM han alcanzado una fase alfa (con rendimiento de calidad de producción; el trabajo pendiente es la seguridad) y PeerDAS ya está activo en mainnet, es momento de hablar con más detalle sobre lo que significa esta combinación para Ethereum.
No se trata de mejoras menores; están transformando a Ethereum en un tipo de red descentralizada fundamentalmente nueva y más potente.
Para entender por qué, veamos los dos grandes tipos de redes peer-to-peer que han existido hasta ahora:
BitTorrent (2000): enorme ancho de banda total, altamente descentralizada, sin consenso.
Bitcoin (2009): altamente descentralizada, con consenso, pero con bajo ancho de banda; porque no es “distribuida” en el sentido de que el trabajo se reparta, sino que es replicada.
Ahora, con Ethereum y la combinación de PeerDAS (2025) y zkEVM (se espera que pequeñas partes de la red empiecen a utilizarlos en 2026), obtenemos: descentralización, consenso y alto ancho de banda.
El trilema ha sido resuelto —no sobre el papel, sino con código en funcionamiento—, donde una de las mitades (el muestreo de disponibilidad de datos) ya está hoy en mainnet, y la otra mitad (zkEVM) ofrece ya rendimiento de calidad de producción; lo que resta es la seguridad.
Este ha sido un viaje de diez años (véase el primer commit de mi publicación original sobre DAS aquí:
https://github.com/ethereum/research/wiki/A-note-on-data-availability-and-erasure-coding/52e1d03b0254cded8b67105be17ba9890b7ad8d3
y los primeros intentos de zkEVM comenzaron alrededor de 2020), pero por fin ha llegado.
Durante los próximos ~4 años, cabe esperar que se despliegue toda la amplitud de esta visión:
En 2026, grandes aumentos del límite de gas que no dependen de zkEVM, gracias a BALs y ePBS, y veremos las primeras oportunidades de ejecutar un nodo zkEVM.
Entre 2026 y 2028, reconfiguraciones del gas, cambios en la estructura del estado, traslado de la carga de ejecución a blobs y otros ajustes necesarios para que límites de gas más altos sean seguros.
Entre 2027 y 2030, nuevos aumentos significativos del límite de gas, a medida que zkEVM se convierta en la forma principal de validar bloques en la red.
Un tercer componente de esta visión es la construcción distribuida de bloques.
El ideal a largo plazo —el santo grial— sería alcanzar un futuro en el que el bloque completo nunca se constituya en un único lugar. No será necesario durante mucho tiempo, pero en mi opinión merece la pena aspirar, al menos, a tener la capacidad de hacerlo.
Incluso antes de llegar a ese punto, queremos que la autoridad efectiva en la construcción de bloques esté lo más distribuida posible. Esto puede lograrse dentro del propio protocolo (por ejemplo, ampliando FOCIL para convertirlo en un canal principal de transacciones) o fuera de él, mediante mercados de constructores distribuidos. Esto reduce el riesgo de interferencias centralizadas en la inclusión de transacciones en tiempo real y, además, crea un entorno más favorable para la equidad geográfica.
Seguimos adelante.
Vitalik Buterin. @VitalikButerin. 3 de enero de 2026.







