Hacia el siglo V antes de Cristo, el poeta Simónides de Ceos fue contratado para recitar unos versos durante un banquete en el palacio del noble Escopas, en Tesalia. A mitad de la velada, un criado le avisó de que dos jóvenes preguntaban por él en la puerta. Simónides salió al exterior pero no había nadie esperándole. Mientras estaba fuera, el techo del salón se derrumbó sobre los comensales.
Los cuerpos de todos los invitados estaban tan destrozados que sus propias familias fueron incapaces de reconocerlos. Simónides sí pudo. No porque recordara los rostros, sino porque recordaba el sitio de cada uno de ellos: quién estaba reclinado a la derecha del anfitrión, quién frente a la puerta, quién junto a la columna. Recorriendo mentalmente la sala, fue asignando un nombre a cada uno de los cadáveres encontrados.
La escena es narrada por Cicerón, quien se apoya en ella para fundamentar el nacimiento de una nueva técnica: el método de loci, o lo que hoy llamamos el palacio de la memoria, y que consiste en depositar aquello que se quiere recordar en los rincones de un espacio conocido y después limitarse a pasear por él.
Aquella técnica se enseñó durante siglos: Quintiliano la explica con detalle en su manual de retórica, ya en el siglo I, como parte ordinaria de la formación de cualquier orador. Hoy, nadie la pone en práctica.
Llegué a esta historia buscando una solución a algo que me pasa desde hace años: leo mucho y olvido casi todo.
Tengo libros subrayados, carpetas con artículos guardados que no he vuelto a abrir y decenas de horas de podcasts escuchados de los que apenas conservo un par de ideas sueltas. Llegue a convencerme de que se trataba de un problema en el método o de que simplemente no tenía la disciplina suficiente.
Con el tiempo descubrí que no me pasaba solo a mí. Otros lectores con lo que hablaba, describían la misma sensación.
Leer mucho y saber mucho son dos cosas distintas. Entre una y otra hay un trabajo que consiste en tomar aquello que consumes, ponerlo al lado de lo que guardas, comprobar si encaja o choca, y decidir qué hacer con la diferencia. Ese tarea exige de conexiones que nos muestren un camino sobre el que volver a lo leído cuando lo necesitamos pero construirlas representa un trabajo lento y sin recompensa inmediata. Fruto de los tiempos que corren, optamos por aplazarlo.
La escalera
Durante siglos, conservar el conocimiento de una comunidad dependía de que alguien pudiera recordarlo y transmitirlo.
En un mundo sin escritura, el conocimiento que no estaba dentro de la cabeza de alguien sencillamente no existía. No había copia de seguridad. El rapsoda que recitaba a Homero de principio a fin no estaba realizando una labor de entretenimiento sino que su función era fundamental para sostener parte de la biblioteca de un pueblo.
Bajo esas condiciones, memorizar era la virtud central de quien aprendía. No porque fuera noble, sino porque era la única forma de traspasar el conocimiento y lograr que este sobreviviera a quien lo poseía.
El fin a ese orden llegó pronto, y con muy mala prensa.
En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates la siguiente escena. El dios Theuth presentó al rey Thamus su invento —la escritura— ofreciéndola como un remedio para la memoria. Thamus lo rechazó, respondiendo que produciría olvido en las almas de quienes lo aprendieran, porque confiarían en unas marcas externas en lugar de en su propio recuerdo, y esto solo daría a los hombres la apariencia de la sabiduría en lugar de la sabiduría en si misma.
Sócrates tenía parte de razón en describir las posibles consecuencias derivadas del propio invento en los hechos. Sin embargo, obvio una parte muy importante en su veredicto.
La escritura ciertamente atrofió la memoria, ya nadie recita la Ilíada ni construye palacios mentales, pero también permitió la liberación de un recurso. Cuando la tinta y el papel se hicieron cargo de la función de almacenar, la cabeza quedó libre para otras tareas.
En 1985, Daniel Wegner describió un fenómeno al que llamó memoria transactiva. Los grupos humanos no memorizan cada uno por su cuenta, sino que reparten la carga entre sus miembros y retienen, sobre todo, el índice. Imagina una pareja de muchos años. Uno guarda los cumpleaños y el otro las rutas; ninguno de los dos recuerda ambas cosas y, sin embargo, el sistema formado por los dos recuerda más que cualquiera de ellos por separado. Con este sistema, un humano no necesita memorizar el dato y simplemente requiere de poder recordar a quien lo tiene memorizado.
Años más tarde, Wegner puso a prueba su propio sistema sustituyendo al cónyuge por una máquina. En 2011, junto a Betsy Sparrow y Jenny Liu, publicó en Science, una serie de experimentos hoy célebres bajo el nombre de efecto Google. La conclusión de los autores fue que, cuando damos por hecho que vamos a poder acceder de nuevo a una información, la recordamos peor de lo que recordamos el lugar donde ir a buscarla.
No hemos perdido memoria. Tan solo hemos redefinido lo que merece la pena guardar en ella y ese mismo intercambio se ha repetido en cada salto tecnológico, siempre con la misma mecánica. Cada herramienta se come un tramo del trabajo que separa leer de saber, y la virtud del que aprende sube un peldaño.
Primero fue retener. De eso se hicieron cargo la escritura y, mucho más tarde, la imprenta. Entonces el cuello de botella se trasladó al acceso: los libros eran caros y escasos, y llamamos erudito a quien lograba acumularlos. Internet se ocupó de eso. Con la información a un clic, la barrera dejó de ser el libro y pasó a ser saber discernir acerca de cual es el que debía consultar. La virtud subió otro peldaño, y pasamos de la erudición a la selección o curación de fuentes.
En la actualidad, las máquinas pueden leer por ti, pueden comparar, ordenar y devolverte en un párrafo el contenido incluido a lo largo doscientas páginas.
Comprender es reducir algo largo a algo propio y quien delega ese acto en una máquina no está ahorrando tiempo sino que está externalizando justo el tramo donde el entendimiento ocurre, quedándose con un resultado sin haber pasado por el proceso que lo hacía suyo. Eso, como le ocurría a Socrates con su diagnóstico acerca de la escritura, es irremediablemente una perdida.
Sin embargo y como ya hemos visto, cada perdida trae consigo la posibilidad de centrar nuestros limitados recursos en una nueva tarea.
Si, a través de las máquinas, la síntesis se vuelve abundante y gratuita, el siguiente peldaño pasa por decidir qué piensas tú. Una máquina puede, a partir de un texto, entregarte diez argumentos a favor o diez en contra, ordenados y sin una falta de ortografía. Lo que no puede es sostener una posición en tu nombre, asignarte aquello que defiendes o cargar con el coste de estar equivocado.
Esa capacidad de juzgar lo que lees y decidir qué hacer con ello es lo que se vuelve escaso frente a la abundancia generada y, por tanto, tremendamente valioso. A eso se le llama criterio.
Un segundo cerebro
La escritura resolvía el problema de Simónides, pero solo a medias, y conviene mirar con cuidado a la mitad que dejó sin atacar.
Cuando el texto se hizo cargo de retener, el contenido salió de nuestras cabezas. Los datos, las cifras, los argumentos ajenos, las citas exactas: todo eso pasó a vivir en un soporte externo al que podía consultar cuando hiciera falta.
Sin embargo, hay algo que no se ha podido externalizar.
Piensa en diez libros que hayas leído sobre una misma disciplina. Su contenido está fuera, fijo, esperándote en la estantería. Pero, ¿eres capaz de recordar lo que el libro dos contradice respecto del nueve? ¿Y lo que el autor del tercero le esté negando, a otro que escribió treinta años antes? ¿Tienes identificado el libro que te hizo cambiar de opinión y cual fue el motivo?
Las respuestas a esas preguntas no se encuentran almacenadas en tu estante sino que solo se podían construirse y almacenarse dentro de nuestro cerebro.
La escritura externalizó el contenido pero no las conexiones derivadas de su consumo y es ahí donde está el verdadero cuello de botella del que lee. Las conexiones crecen mucho más deprisa que los libros mismos, y siguen dependiendo de una memoria que tiene límites. Esas conexiones constituyen nuestro criterio. Son esas conexiones las que representan la distancia entre leer y saber y siempre han estados condicionadas a la capacidad de la mente de cada uno de nosotros.
Hasta ahora.
Karpathy
Andrej Karpathy fue unos de los fundadores de OpenAI y antiguo director de inteligencia artificial en Tesla. El 4 de abril, publicó un texto de en Github donde introducía un método con el que externalizar la construcción y el almacenamiento de esas conexiones. Su idea cabe en una línea.
“The knowledge is compiled once and then kept current, not re-derived on every query.”
Karpathy se basa en una forma de trabajo a partir de la cual, en vez de pedirle a una máquina que piense por ti y tirar el resultado a la basura al terminar la sesión, le pides que, a partir de cada nueva fuente, escriba lo que ha entendido y dónde encaja respecto a todo lo almacenado, dejando constancia de a qué se parece, con qué choca, a quién corrige y que idea alimenta dejándolo todo escrito en un lugar al que poder volver.
La objeción evidente es que eso se ha podido hacer siempre con una libreta y una tarde libre. Es verdad. Y también lo es que casi nadie lo consigue, por una razón que Karpathy formula en su texto:
“The tedious part of maintaining a knowledge base is not the reading or the thinking — it’s the bookkeeping.”
Lo tedioso es llevar el registro. Volver sobre lo viejo cada vez que entra algo nuevo, rehacer las conexiones que quedaron aisladas o acordarse de que lo que acabas de leer desmiente algo que escribiste hace cuatro meses son tareas que escalan a gran velocidad para los que consumen información a diario lo que provoca que cualquiera abandone su intención a las pocas semanas.
Con el método Karpathy, son precisamente esas tareas las que ahora podemos delegar en una máquina. Replicar ese método permite externalizar tareas que hasta ahora dependian de nuestra propio cabeza. Es por eso, que muchos ya han denominado a este método como Segundo Cerebro.
Una biblioteca almacena contenido. Un cerebro almacena relaciones. Nosotros no recordamos hechos sueltos flotando en el vacío, recordamos por asociación, tirando de un hilo que lleva a otro y ese a un tercero. Es por ello que utilizamos reglas mnemotécnicas al vincular lo que queremos recordar con una imagen, una frase o un lugar conocido, como hacía Simónides con su palacio. Con un segundo cerebro ya no se trata de apilar información desconectada, sino de contar con un mapa de conceptos (nodos) conectados entre si, sin ningún tipo de limite y donde cada uno refleja a quién contradice, a quién refuerza y qué tesis propia es la que sostiene.
Este es el mio.
Piensa de nuevo en Simónides. Él tenía que levantar mentalmente el espacio físico y recorrerlo en su cabeza cada vez que necesitaba identificar un nuevo cuerpo sepultado.
Con el método de Karpathy, solo debo preguntar a mi segundo cerebro, siendo él quien asume la tarea de acudir al lugar donde eso se almacena y traerlo junto con todas sus conexiones.
Cómo construirlo: paso a paso.
YouTube está lleno de tutoriales acerca de como crear tu segundo cerebro con IA apoyado en el modelo Karpathy en tu ordenador. Yo he utilizado este de Javier del Valle que además es una de mis voces divulgativas favoritas en política monetaria. Lo hace de principio a fin y sobre un ejemplo concreto, de manera que puedes replicarlo con el tema que a ti te interese.
Construir la base de un segundo cerebro lleva tiempo y tokens. Pero lo interesante empieza después.
Un cerebro no termina de formarse nunca. Sigue recableándose con lo que le va llegando: lo que se usa se refuerza, y lo que entra en conflicto con lo anterior obliga a reorganizar. A eso se le llama plasticidad.
Esto funciona igual. Cada fuente nueva hace una de dos cosas: o refuerza un patrón que ya estaba formado, o lo pone a prueba.
Las dos sirven y las utilizo de forma constante
Hace meses publiqué Stablecoins: la entrada a un nuevo orden financiero donde abordaba el contexto propicio para su despegue. Mi segundo cerebro entonces trajo el concepto del adyacente posible desarrollado en el libro de Steven Johnson llamado Where the good ideas come from y que habia leido 10 años atrás. Dicho concepto estaba a su vez asociado a la idea del biólogo Stuart Kauffman, quien lo utilizaba para afirmar que cualquier innovación está determinada en su desarrollo a las condiciones previas existentes en el ecosistema.
Biología, innovación y railes de pago. Tres temas con un concepto común tratado con 30 años de diferencia, que podría haber archivado por separado, pero cuya conexión me ayudó a desarrollar por qué una tecnología que llevaba años existiendo podía encontrar ahora las condiciones para su adopción.
Son este tipo de asociaciones las que uso de forma casi diaria.
Dejo el timelapse del proyecto desde el primer nodo hasta las más de 2.900 conexiones construidas en menos de dos meses.


